Oct. 12 2017 06:09 AM

    Aún no están claras las motivaciones de Stephen Paddock, el autor del tiroteo en Las Vegas.

    Este no solo ha sido el caso de asesinato múltiple más notable en la historia de Estados Unidos, sino el más indescifrable.

    Los investigadores de todos los organismos, volcados a este drama que sacude al país, están tejiendo hipótesis que van desde las influencias culturales de un padre con antecedentes criminales hasta las conductas psicóticas.

    Lo claro, por ahora, es que era un adicto al juego, y a partir de esto, desarrolló una condición excesivamente introvertida que desfogaba cuando estaba en los casinos o iba a la alcoba de hotel con una prostituta.

    El juego hace eso. Se le llama patológico cuando el jugador no lo puede controlar y, como en el caso de Paddock, se vuelve una adicción que solo calman las apuestas fuertes en la ruleta.

    El psicólogo Alberto de Castro advierte que en tanto es una adicción, va deteriorando las áreas emocionales del sujeto.

    El cuadro que viene es muy parecido al del asesino: trastornos afectivos, depresión, soledad y, claro, acciones compulsivas hacia cualquier cosa que escoja como opción de vida.

    Quien padece la ludopatía, cómo se le llama, tiene problemas con su salud, porque la descuida; el ámbito laboral, al que, inclusive, puede renunciar; las relaciones interpersonales, que simplemente rehuye para refugiarse en la sala de su casa; o el ámbito social, que podría llegar a violentar con actuaciones ilegales -o crimínales- pues poco a poco va perdiendo los límites entre lo bueno y lo malo.

    La también psicóloga Jennifer Martínez Arellano asegura que ahí cabe, inclusive, un episodio maniaco, pues cuando la patología se sale de madre cualquier cosa puede suceder.

    ¿Después de apostar 200 mil dólares y ganarse un millón, qué queda?

    Su hipótesis es que lo sucedido en Las Vegas había demorado, pues en esa ciudad hay una alta propensión al desenfreno, que tanto autoridades como sociedad toleran. Por eso aquello de que: “lo que pasa en Las Vegas, en Las Vegas se queda…”.

    Al jugador, sin embargo, no hay que dejarlo solo. Paddock, de hecho, lo estuvo.

    Martínez recomienda apoyo familiar, porque esta, que es el núcleo básico de los seres humanos, puede inhibir o frenar la conducta compulsiva y también desencadenarla.

    Los rasgos van a saltar a la vista. Robo de objetos de casa, créditos financieros a los amigos o a los bancos, aumento en los niveles de estrés o ansiedad, desatención de los hijos o las esposas, cambio de hábitos de sueño… Con el tiempo corta la comunicación con la familia, los allegados o los vecinos.

    En tales circunstancias, un diálogo afectuoso, que vuelva a integrar al sujeto al entorno familiar y lo devuelva a la esencia afectiva con los seres más queridos, podría funcionar.

    Obviamente habrá situaciones que exijan una intervención profesional, sobre todo cuando se pierden todos los límites y ni siquiera hay una actitud responsable frente a la autoridad.

    De Castro advierte que la exclusión nunca funciona. “El peor error es apartarlo o desconocerlo. Ahí lo que hacemos es profundizar su comportamiento y desencadenar otros”, dice.

    El problema, en ese punto, empieza a trascender pues no se queda solo con quién lo padece. Los hijos, por ejemplo, podrían desarrollar más adelante las mismas conductas.

    Las investigaciones prueban que por imitación puede haber repetición.

    La pareja del mismo modo puede sufrir trastornos, por desatención, falta de actividad sexual o agresión.

    El adicto, hay que decirlo entonces, no es un actor solitario de la sociedad. Nos involucra a todos. Sí vemos uno o, peor aún, lo tenemos cerca, démosle la mano y hagámosle ver qué el verdadero sentido de la vida está en el amor.

    Si es tu caso, inténtalo.

    Luego me cuentas. albertomartinezmonterrosa@ gmail.com @AlbertoMtinezM